martes, 21 de marzo de 2017

PERFILES / HENRY DAVID THOREAU

Hidalguía y libertad de un anarco-caminante

Thoreau: El caminante que abre un surco en las estructuras tradicionales.
Por Luis Diego Fernández

Henry David Thoreau escribió Walden o la vida en los bosques, ese maravilloso opúsculo sobre el arte de vivir en completa soledad rodeado de árboles y aves. El diario de un eco-pacifista huraño. Claro está: Thoreau fue lo que se llamó un libertario (hoy, un libertarista o anarco-liberal, denomina el filósofo Robert Nozick a este individualismo extremo que deplora del Estado o de cualquier entidad que se interponga en la soberanía radical del individuo).

Lejos de lo que se dijo de él, como el primer hippie u otras vaguedades, Thoreau era ciertamente un individuo fuera de lo común, único, como Max Stirner. Thoreau se consideraba un descendiente de una cofradía secreta y sumamente guarecida en una actividad tan usual como evidente: el caminar o deambular (sauntering). Precisamente, de un librito mínimo como Walking que, paradójicamente, fue el bestseller de Thoreau en cuanto a popularidad en el siglo XIX, es que emerge este código vital o este diseño del caminar como experiencia particular. El propio autor define esta emblemática acción como un misterioso e histriónico arsenal de normas y ascendencias:

Para ceñirme a mi propia experiencia, mi compañero y yo –porque a veces llevo un compañero, disfrutamos imaginándonos miembros de una orden nueva, o mejor, antigua: no somos Caballeros, ni jinetes de cualquier tipo, sino Caminantes, una categoría, espero, aún más antigua y honorable. El espíritu caballeresco y heroico que en su día correspondió al jinete para residir ahora –o quizá haber descendido sobre él- en el Caminante; no el Caballero, sino el Caminante Andante. Un a modo de cuarto estado, independiente de la Iglesia, la Nobleza y el Pueblo.

El caminante nace, no se hace, según Thoreau. El caminante abre un surco en las estructuras tradicionales o jerarquías normativas (Iglesia, Nobleza, Pueblo) para configurar su propia vida con hidalguía y libertad. El caminante no es noble, ni rico, ni religioso, ni popular, tal vez ni siquiera ciudadano. Es un poco como los cínicos griegos o los flaneurs parisinos: un hijo de su mitología personal, un artífice de su propia manera de habitar o andar por el mundo.

Tampoco debería verse al caminante como un atleta; el caminar no se relaciona en absoluto con el ejercicio físico (el footing de hoy día), sino con el mero deambular o vagar. Asimismo, en el caminar del caballero andante la relación con los espacios que recorre será crucial; en el caso de Thoreau la naturaleza americana tendrá un lugar preponderante. La idealización del Oeste, de lo salvaje, de lo no tocado por la civilización es el ingrediente central de la acción de nuestro héroe secreto. Hay, sin embargo, un panteísmo (medio spinoziano) en el tono, en las huellas de Thoreau. Una sacralización de la Tierra, de la vida natural, como parte de una instancia mayor vital. Sin dudas: era un militante verde, un ecologista incipiente, pero nada cursi ni débil. Tenía una conciencia del vínculo natural, animal.

Thoreau compartía el universo intelectual de Rousseau. La civilización degeneraba al hombre; el estado de naturaleza era de bondad. A pesar de ello, existen -como decían los beatniks- Thoreaus urbanos. Individuos que llevan la impronta del escritor en medio de una vida ciudadana; una especie de Anarca, como lo definió Ernst Jünger: es decir, un individuo que está en contacto con la sociedad pero que decide apartarse voluntariamente. No un anarquista, porque no lo es en el sentido político del término, sino Anarca o Gran Solitario. Y Thoreau era un Anarca caminante. Un errante escriba, pero sistemático. Compañero del movimiento trascendentalista norteamericano, encabezado por Ralph Waldo Emerson y su teoría de los Hombres Representativos o Grandes Hombres; aquellos individuos que portaban dentro de sí el signo de una época. Pero Thoreau, si bien compartía estos presupuestos filosóficos era más modesto y sutil en la construcción de su propia vida. Por ello es que lo asocio más con la figura del Anarca que, a través de las palabras del propio Jünger en Los titanes venideros, se observa claramente esta dimensión:

El Anarca no se deja implicar por la dimensión de la técnica: se vale de ella y la explota si ello le resulta útil, de lo contrario la ignora y se retira a su mundo interior; el mundo de sus lecturas (…) El Anarca, en cambio, conoce y evalúa bien el mundo en que se encuentra y tiene capacidad para retirarse de él cuando le parece. En cada uno de nosotros hay un fondo anárquico (…) El Anarca sabe que la libertad tiene un precio, y sabe que quien quiere disfrutarla gratuitamente da muestra de no merecerla. Por eso no ha de confundírselo con el anárquico: éste se relaciona con la sociedad, tiene con ella una relación negativa que se manifiesta de manera virulenta en la disponibilidad del anárquico para practicar el terror a fin de conseguir sus propios fines. El Anarca no tiene sociedad. La suya es una existencia insula.

El Anarca es liberal o es otra forma del liberalismo, tal vez más poética y libre de los presupuestos normativistas del liberalismo clásico. Opta por el retiro de la sociedad cuando le place pero lejos de combatirla se hace a un lado para guarecerse en su existencia constitutiva. Ese es el aristocratismo sutil de Thoreau y de Jünger que no pretenden destruir nada sino hacerse a un lado. Tal vez una actitud semejante sea la Serenidad (Gelassenheit) de Martin Heidegger. La mejor acción es la no-acción, el separarse de lo social para pulirse a sí.

© Eterna Cadencia / Agensur.info

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