viernes, 31 de marzo de 2017

Maduro y el nuevo autoritarismo


Por Constanza Mazzina

La tradicional conceptualización de la ciencia política que distinguía entre autoritarismo y democracia ha sido superada por la misma realidad. Esto es lo que está ocurriendo en las últimas horas en la Venezuela de Maduro.

El Tribunal Supremo de Justicia advirtió que ejercerá las competencias parlamentarias de la Asamblea Nacional  mientras persista lo que considera como una situación de "desacato". La sentencia indica que "se advierte que mientras persista la situación de desacato y de invalidez de las actuaciones de la Asamblea Nacional, esta Sala Constitucional garantizará que las competencias parlamentarias sean ejercidas por esta Sala o por el órgano que ella disponga". Es decir que, de ahora en adelante, el poder judicial cumple funciones legislativas.

Esta situación supera la posibilidad de hablar de democracia “de baja calidad” en el país. Una democracia de baja calidad se caracteriza por la extensión de la corrupción, el gobierno por decreto, el clientelismo, y un ineficaz sistema de frenos y contrapesos. La erosión del sistema de frenos y contrapesos comenzó cuando la Asamblea quedó en manos opositoras y Maduro decidió desconocer su autoridad. Y ahora el Tribunal los borra de un plumazo.

La oposición habla de golpe de estado, la OEA de autogolpe. Pero este nuevo golpismo es diferente de aquél que recorrió y caracterizó el siglo XX latinoamericano. Es un golpismo ejercido por la misma autoridad que llegó al poder mediante un proceso electoral y que, legitimado en ese origen, ha decidido asumir la suma del poder, esto es, dejando de lado la división de poderes y asumiendo todo en su persona. Resta decir que el Supremo Tribunal responde abierta y directamente a Maduro.

En rueda de prensa, el opositor y presidente de la Asamblea Nacional, Julio Borges, denunció que "es una dictadura que la comunidad internacional tiene que ayudar a que se prendan las alarmas para apoyar la decisión del pueblo venezolano para que cambiemos esta dictadura por una Venezuela de libertad, justicia y democracia". Este es un punto de inflexión para las democracias latinoamericanas, un punto de quiebre para Venezuela.

Hoy el gobierno de Maduro se encuentra más cerca de un autoritarismo electoral que de una verdadera democracia. Lejos quedaron los deseos que Simón Bolívar expresaba en el Discurso de Angostura: “Mi deseo es que todas las partes del gobierno y administración, adquieran el grado de vigor que únicamente puede mantener el equilibrio, no sólo entre los miembros que componen el gobierno, sino entre las diferentes fracciones de que se compone nuestra sociedad.”

La democracia es algo más que un proceso electoral, esto conforma una legitimidad de origen, pero no de ejercicio. El juego político venezolano y las reglas instaladas por Maduro lejos se encuentran del ejercicio democrático del poder. Así, Venezuela tiene una democracia quebrada, y Maduro una democracia de barricada. Encerrado en su propio círculo y en su propio juego, ajeno incluso a las tribulaciones económicas que hoy sufre el pueblo venezolano.

El reconocido O´Donnell decía que las democracias mueren de muerte lenta. En Venezuela ha muerto la democracia. La democracia ya no agoniza, se ha terminado. ¿Seremos entonces espectadores impasibles del fracaso democrático? ¿Se encuentran las instituciones latinoamericanas y nuestros propios líderes preparados para responder ante estos hechos? Quisiera pensar que sí. Que aún podemos hacer algo.

© El Cronista

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