domingo, 1 de enero de 2017

Los cambios en el gobierno: tormenta de fin de año

Por James Neilson
Sería injusto culpar a Alfonso Prat-Gay por la resistencia a reanimarse de la maltrecha economía nacional que sigue atrapada en el pantano fétido en que la depositaron los kirchneristas. Así y todo, Mauricio Macri y Marcos Peña llegaron a la conclusión de que no les perjudicaría que la gente le atribuyera el letargo prolongado que se ha apoderado de ella, de ahí la decisión de remplazarlo por un dúo con pergaminos menos impresionantes y, esperan, de temperamento mucho más dócil: Nicolás Dujovne, que se encargará de Hacienda, y Luis Caputo, que tendrá en sus manos el área de Finanzas de la que era secretario. 

Aunque según Peña sólo se trataba de una modificación del “diseño organizacional del Gobierno”, nadie tomó muy en serio sus palabras.

Lejos de contribuir a hacer más eficiente el manejo de la economía, el desdoblamiento del ministerio más importante de los siete que ya la administraban agregará más confusión. Sólo servirá para hacer sospechar que Macri, como Néstor Kirchner y Cristina, será su propio ministro de Economía no por considerarse un experto en la materia sino por miedo a ver crecer a alguien como Prat-Gay que podría resultar ser un rival en potencia. Lo último que quiere es que se reedite el drama protagonizado por Carlos Menem y Domingo Cavallo.

Dicen que a Macri le gusta que sus adversarios lo subestimen, pero, lo mismo que virtualmente todos los políticos, no le gusta para nada que entre sus subordinados haya personajes capaces de hacerle sombra. Es por lo tanto comprensible que le resultara incómoda la proximidad de Prat-Gay, un hombre que se había acostumbrado a codearse con miembros destacados de la elite planetaria y que, tal vez, lo creía un advenedizo de cultura deficiente. También lo es que algunos macristas de la primera hora hayan aprovechado el malestar ocasionado por la presencia de una persona reacia a resignarse a ocupar un lugar subalterno como un integrante más de un “equipo” de iguales. No es ningún secreto que Prat-Gay estaba convencido de que lo que el país necesitaba era un superministro de Economía y que era el único funcionario calificado para cumplir dicho rol.

Desgraciadamente para Prat-Gay, Macri y sus colaboradores más influyentes discrepaban, motivo por el que decidieron que le correspondería al hasta entonces ministro de Hacienda y Finanzas desempeñar el papel, ingrato pero así y todo imprescindible, de fusible, o sea, del chivo expiatorio que tendría que ser sacrificado para que todo funcionara mejor. No lo forzaron a renunciar por razones estratégicas o técnicas evidentes, sino por su propensión notoria a tratar con desprecio apenas disimulado a quienes se animaban a oponérsele, además de amonestar en público a otros ministros, como el de Energía, Juan José Aranguren. Sin embargo, si 2017 resulta ser tan difícil como algunos quieren o temen, Prat-Gay les agradecerá por haberlo echado a tiempo; en tal caso, podría argüir que, hasta aquel momento, la economía iba en la dirección apropiada.

No lo ayudaron sus vínculos políticos con Elisa Carrió; por el contrario, la muy influyente asesora de Macri ya había advertido que la “forma de ser” de Prat-Gay podría provocar disgustos en el equipo gubernamental. No se equivocaba Lilita: Prat-Gay se las arregló para pelear con casi todos los demás miembros del gabinete. Su contrincante más notable resultó ser uno de sus sucesores como presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger, que para su indignación creía en la independencia de la entidad y en la defensa del valor de la moneda. También hubo otros conflictos imputables, en opinión de los demás integrantes de la selección macrista, a su estilo particular y, sobre todo, a su arrogancia intelectual.

Macri, Peña y otros pesos pesados del Gobierno entenderán que, si bien Prat-Gay no pudo erigirse en un superministro como había aspirado, su caída será vista como una señal de que el manejo de la economía ha entrado en una nueva fase. Aunque distintos kirchneristas, izquierdistas y peronistas nostálgicos están protestando contra el ajuste tremendo que suponen inminente, puede que no cambie mucho. Después de todo, el Gobierno tiene motivos de sobra para querer hacer pensar que está preparándose para enfrentar una etapa menos deprimente que la que se inició con euforia excesiva y miles de globos amarillos el año pasado pero que, para sorpresa de Macri, no produjo el rebote espectacular con el que habían soñado los convencidos de que el mundo reaccionaría enseguida ante la elección de un gobierno sensato con algo más que frases de elogio como las pronunciadas por el mandamás saliente de Estados Unidos, Barack Obama.

A Dujovne le ha tocado intentar navegar entre el Escila de las necesidades políticas del Gobierno y el Caribdis de las despiadadas realidades económicas. A juzgar por lo mucho que dijo como periodista, Dujovne confiará en una combinación de monetarismo light para combatir la inflación con el gradualismo que cree obligatorio por ser cuestión de un gobierno sin mayoría en el Congreso. Asimismo, ha sido partidario del endeudamiento creciente que supone necesario hasta que por fin desembarquen aquellos inversores cuya llegada salvadora sigue postergándose. Aun cuando las circunstancias, en especial las externas, exijan un ajuste un tanto más severo que el ensayado hasta ahora, sorprendería que Dujovne y Caputo optaran por arriesgarse. Cierto optimismo podría justificarse. Antes de la salida de Prat-Gay, incluso los críticos más vehementes de la gestión de Macri preveían que la inflación seguiría bajando y la industria mostraría más señales de vida.

Aun cuando entre los economistas haya un consenso en el sentido de que el déficit fiscal ya es insostenible, reducirlo en un año electoral no sería del todo sencillo a menos que lluevan dólares frescos en cantidades fenomenales para financiar una multitud de obras públicas. A comienzos de su gestión, Macri pudo haber privilegiado lo económico por encima de lo político, pero no lo hizo porque no quería difundir malas noticias acerca del desastre dejado por los kirchneristas por miedo a que los inversores en potencia huyeran despavoridos. Sin embargo, a menos que en los meses próximos la economía nos sorprenda, el Gobierno podría verse constreñido a poner en marcha un ajuste en vísperas de las elecciones legislativas, brindando de tal modo a sus muchos enemigos una oportunidad para asegurar que, después de octubre, sea aún más minoritario de lo que actualmente es.

Con todo, aunque el año que está por despedirse no ha sido nada fácil para Macri, la verdad es que la situación en que se encuentra dista de ser tan mala como sería si hubieran conservado su vigencia las reglas tradicionales según las cuales el rating de un presidente no peronista depende en buena medida del estado de la economía. Si bien por un lado el consumo languideció, los escasos brotes verdes marchitaron y el alud inversor que algunos habían previsto se negó a concretarse, y por el otro crecieron el desempleo, la inflación y el gasto asistencial, Macri no ha sido abandonado a su suerte como esperaban los kirchneristas. Incluso sus muchos “errores” no le han perjudicado demasiado, ya que le ha beneficiado la conciencia generalizada de que sería un error decididamente mayor atribuir, una vez más, el estado exasperante de la economía a las presuntas características de una sola persona. Es irónico, pues, que Macri y sus incondicionales estén procurando hacer pensar que todo depende de la voluntad presidencial.

Parecería que no se han dado cuenta de que la cultura política del país ha evolucionado en los meses últimos, que la mayoría o, por lo menos, una minoría sustancial, entiende que gobernar es una empresa colectiva, una que es más parlamentaria que presidencialista, y en consecuencia pide a todos los diputados y senadores ponerse a la altura de sus responsabilidades. Fue por tal motivo que fracasó el intento de Sergio Massa, aliado coyunturalmente con Axel Kiciloff y por lo tanto Cristina, de aprovechar el tema de Ganancias para debilitar a Macri. Con la ayuda del senador ex kirchnerista Miguel Pichetto, algunos gobernadores peronistas y la CGT, el Presidente logró sustraerse casi ileso de la trampa que sus adversarios le habían tendido.

Dujovne asume el mando del ministerio económico clave justo antes de la inauguración de la presidencia de Donald Trump en Estados Unidos, un acontecimiento que a buen seguro tendrá un gran impacto en el resto del mundo. Entre otras cosas, marcará el fin de una era de dinero baratísimo. En efecto, la Reserva Federal norteamericana ya ha comenzado a subir las tasas de interés y no cabe duda de que a Trump le gustará que el dólar se haga mucho más fuerte, lo que plantea el riesgo de que billones emigren de los mercados “emergentes” hacia Estados Unidos. Aunque pocos aquí se sienten preocupados por el proteccionismo reivindicado por Trump porque la Argentina dista de ser un socio comercial significante de la superpotencia, no la ayudaría que otros países sufrieran crisis graves a causa de las barreras de todo tipo que el magnate se ha propuesto construir para que encuentren trabajo los obreros norteamericanos que han sido desplazados por la globalización.

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