jueves, 15 de diciembre de 2016

Toros

Por Fernando Savater
Una de las ventajas de ser francés –se me ocurren varias- es la de no tener que pasarse la vida justificando sus ideas ante la Ilustración, el Racionalismo y otras intimidatorias deidades. Después de todo son también francesas, de modo que las llevan incorporadas de fábrica. En cambio los españoles tenemos horror a parecer irracionales, bárbaros, supersticiosos, etc…Estamos obligados a ganarnos la bula de la modernidad a pulso, porque nada se nos da por supuesto. Y a veces quedamos disecados por el qué dirán. 

Véase la afición a los toros. Baste que alguien nos invoque en contra que es una muestra de atraso, como si supiera lo que toca hoy en cuestión de ritos lúdicos, o que es bárbara y cruel, como si le hubieran nombrado juez de la dulzura civilizada, para que los más decentes empiecen a balbucear excusas y a proponer enmiendas regeneradoras. Así nos quedaremos con nuestros complejos y sin los toros…

Pero la tauromaquia la salvarán los aficionados galos. Dos instituciones del país vecino, la Unión de Ciudades Taurinas Francesas (¿se la imaginan aquí?) y el Observatorio Nacional de Culturas Taurinas (culturas, así como suena) han organizado un Museo Itinerante de las Tauromaquias Universales. Su catálogo, preciosamente ilustrado, al que acompaña un pedagógico DVD, recorre la historia de la fiesta desde sus precedentes prehistóricos hasta José Tomás, sin olvidar obviedades ecológicas contra los ecólatras: “la corrida es el símbolo de la gestión respetuosa de una especie en su medio ambiente”. 

Recomiendo su lectura a los que sufran el gusto taurino con indebido sonrojo por remar contra la corriente del progreso. Y también a quienes creen ser ilustrados porque pretenden prohibir todos los placeres que no comparten, como si la inquisición fuese moderna. ¿Por qué no prueban a ilustrarse ocupándose de sus asuntos?

© El País (España)

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