domingo, 4 de septiembre de 2016

El peronismo, ese no-lugar sin ideas, ni domicilio fijo

Por Jorge Fernández Díaz
El peronismo es una dama indecisa frente a un placar lleno de disfraces. Algunos de esos exóticos vestidos le permitieron, hace tiempo, destacarse en el gran baile de máscaras de la política argentina, pero hoy esos trajes parecen imprudentes o anacrónicos. La confusión por esta inesperada derrota no le permite a la bailarina elegir cabalmente el disfraz adecuado y entonces se revela una verdad última: por este accidentado camino lleno de bandazos y de metamorfosis oportunistas la identidad se ha extraviado, y tal vez haya que tomarse un tiempo y reflexionar en el diván acerca de quién es uno y cuál es el rumbo que debe tomar para no oxidarse. 

Hasta hace 10 meses, el peronismo marchaba triunfalmente a su destino de corporación todopoderosa y partido único; ahora es una diáspora, una nada desteñida en busca de un color. Fuera del Estado, el peronismo es un no-lugar y nadie sabe muy bien dónde queda su domicilio. Los sucesivos y cambiantes uniformes del General ya son piezas de museo, y los ropajes de Menem y Kirchner pasaron rápidamente de moda. En la desesperada, algunos miran a Roma y ruegan instrucciones celestiales, pero para el papa Francisco la política local es apenas un hobby de las tardes lúdicas de Santa Marta. Otros líderes juegan tenis o golf para aflojar las tensiones.

Cada vez más "compañeros", con criterio razonable, invocan entonces el fantasma de Antonio Cafiero, que fue el más radical de los peronistas y que supo civilizar el partido después de la barbarie: "Somos la muerte", pintaban los muchachos en las calles de 1983. ¿Se acuerdan? Cafiero tendió un puente con Alfonsín, que era el más peronista de los radicales, lo apoyó frente a los intentos destituyentes y lo venció lealmente en las urnas. Luego fueron grandes amigos. La idea de ambos consistía en generar un bipartidismo entre socialdemócratas y socialcristianos, y abandonar las zanjas irreconciliables. Es lo más cerca que estuvimos de construir una democracia republicana. También esa chance se nos resbaló de las manos.

Cafiero, escaldado por el viejo desprecio de las clases medias y altas, siempre advertía: "La experiencia histórica demuestra que se puede gobernar sin el peronismo, se puede gobernar con el peronismo, pero no se puede gobernar contra el peronismo". El actual intendente de Tres de Febrero es un militante del Pro y un historiador heterodoxo que reivindica a Yrigoyen y a Perón, y que a la vez es capaz de escribir apasionadamente a favor de Sarmiento. Acaba de convocar a una peronista histórica para manejar el área de educación y a las manzaneras de Chiche para el trabajo social, y arregló con los sindicatos condiciones laborales que Hugo Curto les negaba. "No se trata de un operativo de cooptación partidaria, es simplemente que no quiero perderme los actores y los valores positivos del peronismo", explica Diego Valenzuela. Ese pequeño ejemplo, ese microcosmos en el corazón del conurbano refleja lo que resulta una práctica más amplia y quizás inédita: jamás un gobierno no peronista fue tan poroso a las ideas de sus adversarios lógicos, tan desprejuiciado y abierto a ese sector, tan poco gorila, para decirlo en los términos que usaba don Antonio. La coalición gobernante no es rígida sino flexible, y se plantea como la contracara del cristinismo residual, pero no quiere ninguna grieta con el resto del peronismo, con el que dice tener afinidades. Y esa actitud reduce las tensiones (se necesitan dos para una pelea) y produce, en consecuencia, un reacomodamiento insólito de todo el tablero. Incontables cuadros peronistas se han incorporado a Cambiemos, y varios dirigentes piensan hacerlo si no los convence otro candidato competitivo. Algunos, en secreto, ya argumentan incluso que aunque no lo sepa "Macri es bastante peronista". La caracterización viene de la mano del recuerdo: tanto Menem como Duhalde identificaron ese mismo physique du rôle en el ingeniero y quisieron convencerlo dos veces de ser el candidato presidencial por el PJ. La ortodoxia económica, que hoy está profundamente desencantada con el Gobierno, siente algo parecido: el macrismo es un kirchnerismo educado, porfía. La impresión se refuerza porque Macri quiere sacudirse de encima el estigma de la "derecha", y se resiste a privatizar, recortar planes sociales y renunciar al rol activo del Estado, estandartes peronistas que no siempre el peronismo mantuvo en alto.

La pregunta, sin embargo, sigue siendo la misma y es acuciante: tras la caída del Muro de Cristina, ¿qué quiere decir hoy ser peronista? Y no vale aquí un declaracionismo de buenas intenciones; esa obviedad hay que dejarla para Unicef. Además, durante estos setenta años la sociedad entera ha ido metabolizando sus banderas, y por lo tanto ha vaciado de contenido al Movimiento.

La maximización teatral del kirchnerismo, su impostación paroxística, intentaba con malas artes otorgar carácter donde ya no lo había. Esa teatralidad rozó la parodia, resultó un viaje al pasado y condujo a este fracaso: la Pasionaria del Calafate fue Ahab, y el peronismo la ballena blanca. Al final uno se llevó al otro al fondo del mar, y ahí permanecen todavía.

Uno de los padres de esta renovación declamada, Julio Bárbaro, responde la gran pregunta: "El peronismo es apenas un recuerdo que da votos". Otra de las estrellas de aquella generación renovadora fue José Manuel de la Sota: hace 20 años que ya no forma parte del partido, pero admite que lo asiste "un espíritu justicialista" (sic). ¿Será eso al fin el peronismo, un espíritu más que un cuerpo? En todo caso habría que recordar a Montaigne: "Las arrugas del espíritu nos hacen más viejos que las de la cara". Tanto Bárbaro como De la Sota acompañan a Sergio Massa, quien no tiene ningún apuro en tender puentes de plata hacia justicialistas en situación de calle: teme que se le cuelen sujetos con más prontuario que votos y lo manchen en vísperas de una campaña donde la transparencia será crucial. Algunos "cerebros" de su espacio tienden a pensar que se está gestando lentamente una coalición espejo: un frente renovador y progresista donde el peronismo ocupe el lugar del radicalismo en Cambiemos y Stolbizer el trono de Carrió, y que también sea un arca para socialdemócratas, desarrollistas, liberales e independientes. En ese caso avanzaríamos en la Argentina hacia una democracia de personas, pero sobre todo de alianzas: una de ellas más propensa a las inversiones y al desarrollo; la otra más inclinada hacia el Estado y el asistencialismo. En definitiva, una traducción argenta de las derechas e izquierdas de las naciones desarrolladas, que suelen alternar acumulación y reparto en dosis sensatas, sin renunciar a los otros objetivos y tejiendo políticas de Estado permanentes. Hay quienes creen que el proletariado sigue siendo peronista, pero las encuestas demuestran lo contrario. También que los economistas de ambas veredas tienen diferencias abismales. Puede ser que entre Kicillof y Broda eso sea cierto, pero con una mano en el corazón, ¿no existen más coincidencias que desacuerdos entre Prat-Gay, Pignanelli, Redrado, Sturzenegger, Lavagna y Miguel Bein? Esos parecidos facilitan pactos de centro; esos matices habilitan pulseadas electorales sin cuestiones de vida o muerte en una república compartida. Quizás el peronismo no deba elegir esta vez ningún disfraz. Y pueda salir al ruedo sin máscaras, dispuesto a integrarse al baile colectivo bajo la premisa de Borges: nadie es la patria, pero todos lo somos.

© La Nación

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