domingo, 18 de septiembre de 2016

El peronismo 3.0 debería cambiar su disco rígido

Por Jorge Fernández Díaz
En la página 72 de la filosa y desmitificadora biografía "Cristina Fernández", su inefable protagonista pronuncia una frase de resonancia asombrosamente actual: "Yo, para ese viejo de mierda, no pongo mi firma". El elegante epíteto aludía a Perón y su interlocutor de entonces era Antonio Cafiero, que buscaba la firma de la gran dama para construir un monumento del General.
A la vuelta de la historia, esa estatua terminó levantándola Mauricio Macri (está ubicada en la plaza Agustín P. Justo), Cafiero se ha convertido en el ideólogo post mortem de la segunda renovación peronista y la Pasionaria del Calafate intenta desesperadamente retener "compañeros" en su secta de fanáticos mientras llama "monos y gorilas" (sic) a sus enemigos. Un importante miembro de su gabinete, que huyó hace años de su lado, recuerda cuando una tarde la ex presidenta le soltó a quemarropa: "Yo no soy peronista; el viejo fue un hijo de puta. Nos dejó a Isabel y se cagó en el trasvasamiento generacional". Este evitismo posmoderno y resentido, revival setentista de una izquierda pequeñoburguesa y arrogante ("le querían enseñar peronismo a Perón", dice Bárbaro), encierra la cultura que dominó plenamente la última fase cristinista. Néstor había querido diluir al peronismo (por entonces en manos de Duhalde) con la transversalidad, pero luego se rectificó. Su viuda, ya libre de elegir, con el 54% de los votos y los susurros de Chávez y Fidel, gobernó con su élite radicalizada y camporista, y redujo el peronismo a servidumbre. El escritor Alejandro Dolina es ilustrativo al interpretar la derrota electoral: "Una de las estupideces que cometimos fue la expulsión de los aliados, les dimos un trato insecticida. Nos quedamos discutiendo sobre la pureza del proyecto". ¿Por qué es relevante toda esta disquisición? Porque a los múltiples inversores del mini-Davos, los que tienen intención de abrir en el país sus compañías y crear empleo genuino, no les asusta demasiado el volumen del déficit fiscal ni la inflación, sino saber si el peronismo acompañará o boicoteará este camino virtuoso, y qué haría dentro de cuatro u ocho años si eventualmente recuperara el poder. Esa inquietud se la trasladaron a los miembros del Gobierno, a los analistas independientes y a Sergio Massa, a quien ya visualizan como jefe de la oposición. Se trata de la pregunta del millón, y se solapa con un segundo interrogante: ¿de qué hablamos cuando hablamos de renovación peronista?

El último sábado de trasnoche, el canal Encuentro repetía una larga entrevista a un intelectual kirchnerista que había sido hecha durante la "década ganada". El intelectual desplegaba, de manera eufórica, recuerdos míticos de los años 80, cuando el pobre era peronista y los sindicalistas andaban en colectivo, y lo superponía con la alegría posterior que experimentaban los vecinos gracias a las bondades del modelo de Cristina: se estaba viviendo un verdadero clima de fiesta en el conurbano. Discutir un sentimiento es imposible, diría Sebreli, pero ese testimonio nocturno sirve para explicar el problema. Treinta años después, los sindicalistas son multimillonarios y están bajo sospecha (preguntar en la cárcel de Marcos Paz por un tal "Caballo" Suárez), muchísimos dirigentes se han enriquecido ilegalmente, gobernadores e intendentes se inclinaron por un feudalismo rapaz, la mayoría de los pobres carecen de identidad partidaria, y el resultado indica que la fiesta fue velorio: después de diez años de viento de cola y poder absoluto, el 45% del trabajo sigue en negro, el 30% de la población permanece debajo de la línea de pobreza, el 47% de los habitantes del conurbano carece de agua corriente y el 77% no tiene cloaca; veinte millones de argentinos acusan alguna carencia social básica (educación, vivienda, alimentos y salud); se volvió crónica la dádiva del subsidio de emergencia (algo que hubiera escandalizado al propio Perón), sustituyeron el sistema federal por un yeite de toma y daca, se pactó con las mafias policiales y se permitió la instalación del narcotráfico a gran escala en la Argentina. No son por asomo los que eran al comienzo de la democracia, como sugiere el nostálgico escritor del canal Encuentro, ni perdieron por hechos meramente instrumentales, como infiere Dolina. Y estas líneas marcan que la segunda renovación no encontró todavía su destino principalmente porque la autocrítica no ha sido profunda ni eficaz.

El peronismo del siglo XXI no debería copiar ninguna de las múltiples estaciones de Perón, que mutó de parecer tantas veces como cambiaron los vientos de la historia. Nadie sabe cómo hubiera jugado el juego de la democracia republicana, un concepto que sólo se puso tímidamente en pie a partir del triunfo de Alfonsín y que duró muy poco. Ese sistema aspiracional, hoy refundado, tiene un lugar para el peronismo, siempre y cuando éste se desprenda de su movimientismo cerril: yo soy el pueblo; los demás son la partidocracia cipaya y deben ser combatidos. El sistema del partido hegemónico, por lo contrario, no tiene lugar para el resto de las fuerzas políticas, porque en el extremismo de creerse el "ser nacional" concibe la alternancia como una traición a la patria. Esta tara, que fue creada para tiempos añejos y que impide el funcionamiento de un bipartidismo moderno, permanece, sin embargo, en el disco rígido del peronismo, que debería resetear su programa. Parece lógico y fácil, pero se trata de una superstición muy arraigada: cualquiera que haya sido bautizado en el Jordán justicialista sabe que esa creencia autoritaria viene con el dogma y está marcada a fuego. Los peronistas de la nueva generación, que en voz baja son lapidarios con Cristina Kirchner y que buscan con vehemencia destetarse de ella, admiten que ese punto es central y revisable, aunque sucede con ellos lo que con cualquier idólatra religioso: las conversaciones privadas son racionales y hay admisión de las zonceras propias (calificadas como meras metáforas del folklore), pero luego en público no pueden apartarse de la idea insostenible. Por el temor a Dios.

La autocrítica de fondo que una segunda renovación tampoco puede eludir se cifra en un hecho evidente: impulsar o consentir una gestión dispendiosa pero insustentable los mantiene en el populismo y los somete cíclicamente a crisis graves y consecuentes. Regalar gas y electricidad hasta agotar el stock y perder la soberanía energética hubiera repugnado al líder de Puerta de Hierro. Y trabajar para el puro presente es un suicidio político para cualquier fuerza que quiera mantener vigencia real.

Nueve ex presidentes latinoamericanos, bajo la denominación Club de Madrid, acaban de producir un lúcido documento en el que se describe el cambio de ciclo en la región. Los altos precios de las materias primas y los bajos tipos de interés provocaron, entre otros factores, un crecimiento económico que creó empleo no calificado y mantuvo la desigualdad. Esa etapa próspera pero irregular está hoy agotada, y la nueva clase media reclama ahora "democracias más efectivas, más transparentes, con una nítida separación de poderes y mayores mecanismos de control y rendición de cuentas". Repudian el hiperpresidencialismo y la corrupción, y temen regresar a la pobreza de la que provenían. El peronismo 3.0 debería tomar nota de este diagnóstico y ser capaz de aggiornar su pensamiento y su metodología, lejos de la dama que malogró las oportunidades, que apuesta al pasado y al helicóptero, y que tanto odiaba a Perón.

© La Nación

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