lunes, 18 de julio de 2016

Un renovado nacionalismo acosa a Europa

El instinto de defender el interés nacional es mayor en 
medio de los forcejeos que se producen en la Eurozona.

Por Tony Barber

El nacionalismo es una de las tradiciones más fuertes de la Europa moderna, pero cayó en descrédito después de la Segunda Guerra Mundial. En medio de la avalancha de crisis que ha afectado a la Unión Europea (UE) durante la década pasada -siendo el voto del Reino Unido para salir del bloque el ejemplo más reciente- el nacionalismo está reapareciendo.

Ha adquirido una forma diferente del nacionalismo nacido durante la Revolución Francesa en 1789 y que se enterró en 1945. Las condiciones políticas y económicas actuales están a años luz de las de la Europa del siglo XIX, cuando numerosos pueblos que habían alcanzado una conciencia nacional no tenían su propio Estado. También están muy lejos de la era de los extremos ideológicos -el fascismo y el comunismo- de los años 1918-1939 y de las serias dificultades económicas.

La Europa contemporánea es, fundamentalmente, un continente pacífico y próspero. La UE brinda un marco para una cooperación extremadamente estrecha entre los gobiernos nacionales. La UE les confía a las instituciones supranacionales, tales como la Comisión Europea, el Parlamento Europeo y el Tribunal de Justicia Europeo, un poder considerable. También a nivel popular, las sociedades europeas se conocen mutuamente mejor que nunca, gracias a los avances en las comunicaciones, a la educación y a las facilidades otorgadas por los medios de transporte para los viajes en masa.

Sin embargo, el nacionalismo, con una nueva "apariencia", está de vuelta en el escenario. Sus manifestaciones más evidentes son, en primer lugar, la firme decisión de los gobiernos de defender su propio interés nacional dentro de la UE; y, en segundo lugar, el aumento del nativismo populista de derecha.

Ambos desarrollos reflejan profundas tendencias políticas y sociales. Existe una desconfianza generalizada de las élites políticas, parcialmente de las de Bruselas, pero sobre todo a nivel nacional. Más específicamente, los votantes europeos de la facción centroizquierdista moderada están perdiendo la confianza en la capacidad de la socialdemocracia del siglo XX de ofrecer seguridad económica y proteger la identidad.

Por supuesto, el instinto de defender los intereses nacionales propios en Bruselas nunca estuvo completamente ausente, ni siquiera durante el apogeo de la integración de la UE en los años 1980 y 1990. Sin embargo, el instinto se ha elevado a nuevas proporciones en medio de las luchas de la eurozona para mantenerse unida y de la crisis de refugiados y migrantes del año pasado.

Lo anterior se evidencia en la paralización del esfuerzo por profundizar la unión bancaria europea por medio de un sistema de garantía de depósitos bancario común. También se observa en el incesante deseo de algunos gobiernos de manipular las normas sobre disciplina fiscal. Y queda claro en la decisión que tomó la Comisión la semana pasada de permitir a los parlamentos nacionales vetar los términos de un acuerdo comercial entre la UE y Canadá. Es probable que la autodefensa nacional también destruya un propuesto acuerdo comercial entre la UE y EE.UU.

Hace un año, las principales instituciones de la UE publicaron un informe sobre la promoción de la unión económica, financiera, fiscal y política. Las copias del informe recibido languidecen acumulando polvo en los cajones de las capitales nacionales.

Ningún gran esfuerzo de integración es concebible hasta después de las elecciones presidenciales francesas y de las elecciones parlamentarias de Alemania del año próximo. Incluso entonces, puede que no acontezca. Los republicanos de la oposición centroderechista de Francia -que están bien posicionados para ganar tanto la contienda presidencial como las elecciones legislativas posteriores- analizan controles más estrictos en las fronteras nacionales, una reducción del papel de la Comisión y una mayor influencia a nivel nacional sobre las políticas comunes de la UE. Esta postura tiene mucho en común con la del gobierno nacionalista conservador de Polonia.

La segunda forma de nacionalismo en la Europa actual es el populismo derechista radical. Es una fuerza más potente que la del radicalismo izquierdista, como se puede observar en la derrota del partido político Podemos en las elecciones de España el mes pasado; en la creciente impopularidad del gobierno de Grecia liderado por Syriza; y en el callejón sin salida al que Jeremy Corbyn y sus aliados neomarxistas están conduciendo al Partido Laborista del Reino Unido.

La derecha radical, al menos en Europa occidental, es menos antisemita de lo que era durante el caso Dreyfus de Francia en la década de 1890 y bajo el nazismo alemán. Es, más bien, islamófoba y antiinmigrante. En octubre, Austria organizará una repetición de sus elecciones presidenciales que puede resultar en que un candidato de este tipo se convierta en el primer jefe de Estado de la UE con tales tendencias democráticamente elegido.

Sin embargo, la derecha radical es más que nativista. Se basa en una fuente de iracundas actitudes entre los sectores de la sociedad que se sienten ofendidos no sólo por el multiculturalismo, o por las pérdidas sufridas en una economía globalizada, sino por los valores liberales (como, por ejemplo, la prohibición de la pena capital en el Reino Unido).

Parte del atractivo del populismo derechista es que machaca incesantemente con el tema de que los principales partidos políticos, especialmente desde el final de la Guerra Fría, son casi indistinguibles entre sí y que no ofrecen una opción adecuada. No sin razón, a los partidos se los describe de corruptos y desconectados de la vida cotidiana.

Pero no todo está yendo a favor de los populistas. Su principal debilidad es que no tienen políticas económicas más allá de una furia iconoclasta contra el euro, contra el libre comercio y contra los extranjeros, quienes supuestamente son parásitos del Estado del bienestar.

El nuevo nacionalismo no cuenta con soluciones creíbles para una Europa moderna que, a pesar de todos sus problemas, debe fijar sus esperanzas de un futuro mejor en la cooperación mutua y en una actitud abierta ante el mundo.

© Financial Time

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