viernes, 1 de abril de 2016

Anomia salteña

De la sexualidad pública y 
la dignidad del sexo

Por Martín Risso Patrón
La Ciudad es un Estado en riesgo

El abogado Gustavo Adolfo Ruberto-Sáenz Stiro [46] asume como Jefe del gobierno vecindario, que no es poco, el 10 de diciembre de 2015, y enfrenta situaciones por demás complejas. Cabe recordar aquí que prácticamente la mitad de la población provincial, unos seiscientos mil paisanos más o menos y a ojo de buen cubero, se avecinan en esta aldea grande, sede a su vez del Estado autónomo de la provincia de Salta. 

Resulta que, los respectivos gobiernos provincial y municipal, aunque de parecido pelaje, no son del mismo palo. Mientras gobernaba la ciudad Miguel Ángel Isa, los morlacos del otario que es el Pueblo, pasaban sin tocar tronera a sus manos en esta dramática manipulación financiera de los últimos cuatro años, a caballo de dos leyes presupuestarias cruciales: La enésima confirmación de la crisis financiera del Estado provincial, y la libre disposición de las partidas presupuestarias centrales, que, más que para hacer cosas que la naturaleza de la democracia indica, y por las vías adecuadas de tildar cada mandato de la Ley de leyes que se cumpla, aprobada por la magna legislatura, sirvieron para cualquier cosa menos para servir el Pueblo, el mandante.

El gobernador Urtubey no recibe nada nuevo, pues asume su tercer mandato como si nada, a no ser el madrugón aquel en el que se entera que Daniel Scioli ha probado el sabor de la derrota, y con él, el derrumbe del Régimen Fernández, sostenido con el hilván de aquel relato construido llamado Kirchnerismo; y urgente manda a comprar tinturas de varios tonos y se pasa la noche siguiente mezclando y mezclando para ver cuál le quedará mejor. Pero además asume con el ex-jefe vecinal del gobierno ciudadano, personaje clientelar único para tapar baches que nunca se taparon, pavimentar miles de metros hoy inexistentes en las calles aldeanas, poner en cauce las aguas tronadoras del río que aún sigue asolando el sur allá donde termina la Linda de antes.

Las tres partes de la mesa en la que se juega el escolaso de la trampa. Nadie sabe lo que apuesta cada cual; Ruberto Sáenz en apariencia cálidamente arropado en el riñón massero, espera fondos de finanzas sin filtrar por la provincia, Urtubey sin filtro y de viaje, de almuerzo y de farandúlicas tenidas televisivas, donde lo castigan tanto como le mienten, de novio adolescente y todo; y Miguel Isa, sumido en un interesante silencio sobre cualquier otra cosa que no sea asomar de vez en cuando o siempre, según se vea, donde sea que se junten intendentes. Tomar nota de esto. Capaz que le encuentra sentido a aquello de dirigir procesiones [a lo que está condenado por su superior inmediato] y algún jugo le saca para su propio consumo político. No olvidar que Urtubey puso piloto automático a la provincia, manejado por su sátrapa el jefe de gabinete, nombrado ad-hoc, el contador Parodi.

Mientras, Ruberto Sáenz, padece el ninguneo oficial. Pero antes, lo primero; cómo nos comportamos todos en la Aldea.

Anomia local autóctona

Sáenz no la lleva nada bien con la gestión administrativa de la Ciudad. Tampoco el Concejo deliberante, con la suya.

En el contexto social republicano que lleva más de veinte años de deterioro en el país, la ciudad de Salta tiene suficientes condiciones para ser la primera en la apetencia turística; gastronomía, espectáculos, noche, placeres del descanso, etcétera, requieren de un enorme esfuerzo para desarrollar infraestructura, tecnología, servicios eficientes y un claro objetivo político de sentar plaza para satisfacer aquella apetencia de los turistas propios y ajenos, de pasarla bien. Pedro sucede que no es posible porque nuestra sociedad está aquejada de un cáncer que ya va para crónico. La terrible anomia: Esa absoluta ignorancia de los actores sociales de las condiciones de equilibrio que rigen a la colectividad, que se llama conjunto de normas sociales, debido a que éstas tienden a desaparecer, y en sí están aisladas, desorganizadas. Según la RAE, anomia [también llamada anomía] es un Estado de desorganización social o aislamiento del individuo como consecuencia de la falta o la incongruencia de las normas sociales. Esto, emergente del concepto de E. Durkheim [Francia, 1858-1917], quien sostuvo que ese mal social se basa en la incapacidad de la estructura social de proveer a ciertos individuos de lo necesario para lograr las metas de la sociedad. Por su parte, Merton agregaba, en el primer tercio del siglo XX, que este estado anómico existe por la apetencia de éxito no resuelta entre quienes no tiene acceso a bienes sociales como la Educación, la tecnología, etcétera, y conciben a la riqueza como meta a conquistar a un precio que les cuesta a todos; no cumplir las normas, es ese precio.

De esa manera, según analistas argentinos como Carlos Santiago Nino, [“Un país al margen de la ley: estudio de la anomia como componente del subdesarrollo argentino”. Buenos Aires: Emecé Editores, 1992], llegan a la conclusión de que la anomia se expresa como la conveniencia individual del sujeto, de dejar de observar la ley porque los otros también lo hacen; también negar la legitimidad de la autoridad que dicta las normas, y también la autoridad que las aplica, y lo más nuevo, agrego, deslegitimar a la propia Justicia. Finalmente el vale todo, emerge de allí, como signo de los comportamientos sociales de estos tiempos en Salta, Capital.

Eso aqueja a nuestra querida ciudad, y tiene a mal traer a propios y ajenos. Y la gallina de los huevos de oro está que se nos muere, en lo que a explotación económica del Turismo se refiere, por un lado, y a la cotidiana convivencia entre vecinos, también.

Del sexo público, la convivencia y la Balca

“Los changos han vuelto golpiaos de la Balca...”, atiza Doña Clota como al pasar mientras me ceba un mate. Traducido, es que los dos gandules de sus nietos, de 20 y 22, tuvieron alguna diferencia de opinión con otros en algún boliche de los que abundan hoy en nuestra epopéyica [mundialmente hablando] calle Balcarce, en el barrio de la estación del ferrocarril, y se resolvió a los puntazos, patadas voladoras y mesas volcadas sobre las cuales algunos ajenos al conflicto, pacíficamente ponían sus vasos y sus platos. “Y mire vea que las chinitas no se quedan atrás mostrando los calzones cuando están en pedo...” agrega casi innecesariamente para dramatizar la cuestión de género.

El asunto, vinculado con las estrictas apreciaciones de la Vieja, toma dramático estado público tras el apuñalamiento de un muchacho guitarrista, a manos de una patota, no hace mucho tiempo, en plena zona balcarcina de esparcimiento.

Como es de esperar, la aldea comenta que la Balca ya no es la misma, que hay salones [por decir algo de esos galpones insanos] que son cajas negras, dentro de las que no se sabe qué sucede, pero los resultados vomitivos se ven en las veredas: Gente golpeada, meadores y meadoras públicos, cuando no cultivadores del porno urbano y popular, y hordas patoteras y defecadoras sin recato. De inmediato, el Intendente envía a sus inspectores, que son servidores públicos, que constatan tanta desmesura, y aplican la autoridad. Son clausurados locales. Uno de los saldos en rojo, por ser sintético, es éste: Amenazan de muerte a Sáenz, autoridad pública, y a su familia. Anomia, amigos del feca, paisanos y Doña Clota. Ahí está la discusión. Otro saldo en rojo: En los avisos clasificados del matutino El Tribuno, este incómodo cronista pudo leer en aviso a dos columnas y media por 10 cm. “Vendo Peña en la Balcarce, etcétera”. Todo un ícono que se resquebraja no se sabe muy bien si porque estaba hecho de barro flojo, o porque su acero no soporta los signos de la época: Un estrecha confabulación de marginalidad, corrupción y apetencia de placer y de riqueza a toda costa; anomia, Paisanos.

“Pero usted, como siempre, se está olvidando de los cochinos esos que buscan chinitas y travestis pa’ hacer la cochinada...” ahonda el puñal la Vieja, y se persigna. Creo entender que se refiere a la demanda y oferta públicas de placer sexual, que se está convirtiendo a estas alturas en una especie de corredor turístico allá por el Hogar Escuela y varios lugares del macrocentro y los arrabales. Tiene razón Doña Clota. Pero veamos qué sucede en la Administración [provincial y municipal].

Flatus vocis, sólo para decir “puticio”

Cuando se buscan rodeos para no llamar a las cosas por su nombre, en nuestra Lengua eso se llama eufemismo. Esto es, un recurso para intentar explicar lo que no se comprende muy bien, o que, si bien es perfectamente comprendido no se quiere incursionar en durezas conceptuales. Es hablar sin comprometerse demasiado.

En esto de las cuestiones que vamos desgranando, encontramos la demanda/oferta sexual callejera en la ciudad; fenómeno en franco aumento, digno de ser analizado en otra oportunidad con la profundidad necesaria.

Inevitable considerar algunas cosas que, de no mencionarlas, no podríamos comprender lo que eso significa socialmente. Desde la moral religiosa vigente en muchas familias y la moral cívica de los escépticos religiosos, hasta las duras estadísticas de expansión del HIV, pasando por la misandria y la misoginia de algunos y algunas, o la polución ambiental que producen los deshechos del amor circunstancial cuando no hay dinero para pagar una cama pasajera; los derechos humanos y la Libertad; también los ruidos molestos y al final, las leyes, ordenanzas y edictos policiales. Todo lo mencionado tiene su grado de legitimación que, según la naturaleza de las cosas, bien puede formar parte de un sistema social, sin deslegitimarse mutuamente. Eso sería fantástico.

Esa complejidad presenta problemas a quienes tienen el mandato popular de mantener el orden público, la salud y las buenas costumbres ciudadanas. Para el caso, el gobierno de la Ciudad, que en nuestra amada Aldea, son problemas que parecen enormes monstruos, a los que la lengua pedestre y popular llama por nombres absolutamente desagradables que no viene al caso reproducir aquí. Pero sí me es permitido mencionar cabaret [el viejo y querido breca], lenocinio y el espantoso “mujer pública”; o fiolo [del antiguo lunfardo de Cafisho, popularizado tangueramente también como “caralisa” en la Argentina allá por el primer tercio del siglo XX, que es el que vive del trabajo en general y sexual de las mujeres]. Tanto los legisladores municipales, como los provinciales, en general y con honrosas excepciones [como la del edil Andrés Suriani], miran de reojo la cosa, y no hablan de esto, sino a través de eufemismos.

Como la vida en sociedad, cotidiana, franca y por lo tanto libre, merece el sacrosanto respeto de todos los que convivimos en comunidad, emergen las normas. Pero a la hora de normar ese sistema de oferta/demanda sexual que se hace público en la ciudad, hay que ir al ajo y tratar de restaurar el orden público a como dé lugar.

El caso es que, dado el avasallador empuje del fenómeno de la sexualidad callejera, irrita, con razón, al vecindario de que se trate, el barrio clama por que saque carpiendo a quienes de noche son lentejuela, piernas, caricias procaces, coche, rímel, y transa lisa y llana, y los pongan en cualquier otro lado. Como la basura que se intenta ocultar bajo los muebles o la alfombra. Pues bien, a los imaginativos ediles y representantes, se les ocurrió un catálogo de nombres, francamente risibles, para nombrar lo que cuesta llamar por su nombre: Zona de exclusión. Así, escuchamos “zona roja”, “zona de convivencia”, “zona franca”, para denominar al bendito vecindario o espacio urbano en el cual piensan depositar al mejor estilo nazi a aquel que molesta en un lado, para que moleste en otro [pero cerrado], en una patética simbolización del ghetto hitleriano. Además, y según el habla coloquial española, tantas cosas para decir “puticio”.

Se metieron en un pantanal conceptual, normativo, sociológico y moral y etcétera, nuestros propios representantes. Algunos muy bien intencionados; otros, no.

En realidad, de lo que se trata, simplemente, es de [como afirma Doña Clota lo más trucha, ella] “...no pregonar la moral con la bragueta abierta...”. Esto es, de una vez por todas, aplanar el traste en la biblioteca legislativa el tiempo necesario, y desenterrar la masa legal guardada, prácticamente en desuso que colma cajas y cajas bibliotecarias, y ordenar al correspondiente poder Ejecutivo el “cúmplase” correspondiente, ley, ordenanza o edicto contravencional en mano. De esa manera, travestis, transexuales, muchachas y muchachos, mujeres maduras y hombres de a pie y de auto, deberán atenerse a las consecuencias de su lascivia, sus necesidades fisiológicas, sus apetencias y elecciones de objetos sexuales, necesidades económicas por falta de trabajo [de parte de la oferta] y su propia Libertad, siempre y cuando todo eso contravenga la Ley en lo que a Orden público se refiere. Así, el aglomerado nocturno [y muchas veces diurno] de sexo, violencia, escenas procaces y preservativos en las veredas y plazoletas, se irá desperdigando hacia los lugares en que no molesten a nadie; entre ellos, el viejo y querido amoblao, sobre el que deberá ponerse énfasis para que cumpla con su verdadera función social, importante, por cierto, de asegurar la reserva del caso a los públicos practicantes de sexo, el control sanitario correspondiente, y la dignidad del propio acto sexual, sea quien fuere que lo practique.

En resumidas cuentas, se trataría solamente de dos cosas: 1] Hacer cumplir la vastedad normativa imperante sobre el Orden público, y 2] Potenciar la existencia y control de lugares físicos [como dije, los amoblados] en los que la Naturaleza humana pueda expresarse en intimidad, seguridad, dignidad, higiene y Libertad.

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