lunes, 21 de marzo de 2016

Del arte de vivir a la voluntad de poder

Por Tomás Abraham

Lunes negro

Nuestro país ha vuelto a su triste y repetida historia. Se terminó la fiesta. 
Una situación internacional inédita en el siglo XX nos permitió, durante la primera década del tercer milenio, volver a crecer y mejorar el ingreso por habitante. 

Como sucedió hace más de un siglo con el Imperio Británico, esta vez la presencia de una potencia como China y sus 1.200 millones de habitantes como nuevos protagonistas del capitalismo globalizado permitieron la eclosión de los precios de los granos. No sabemos si ese auge terminó, pero está visto que tiene un freno.
No es la culpa ni de Macri ni del kirchnerismo que el crecimiento de China sea del 7% en lugar del 11%, ni que Europa viva un proceso de estancamiento prolongado y vea resquebrajada su unidad política, que los EE.UU. hayan tenido una gran crisis financiera, o que Brasil viva un proceso recesivo en lo económico y un deterioro político al que no se le ve un buen final.
Poco valor tienen arrepentimientos o recriminaciones valederas en nombre de precauciones anticíclicas o prevenciones proféticas que hubieran podido ahorrar los efectos del cambio en el estado del mundo. Ahorrar cuando entra dinero es más fácil cuando se tuvo una buena temporada de prosperidad o costumbre de estabilidad, pero después de la malaria nadie quiere perderse placeres que pueden volatilizarse al día siguiente.
Pero más allá de la geoeconomía y de la política internacional, hay responsabilidades propias que comenzaron con el gobierno de Cristina Fernández a fines de 2007; no fueron sólo de su exclusiva iniciativa, sino fruto de una decisión compartida. Por un acuerdo con Néstor Kirchner, planificaron la mutua alternancia en el poder durante al menos cuatro períodos, con el agregado de una reforma constitucional que les permitiera prolongar los mandatos sine die.
Para concretarlo debían asegurarse los medios financieros para ganarse a un electorado, lo hicieron luego de 2008 y de la derrota electoral del año siguiente. Los fondos de la Anses, las estatizaciones de YPF, Aerolíneas, los subsidios sin control, la emisión monetaria, la superposición y el desmanejo de los planes sociales les otorgaron dinero y clientes electorales como para soñar con el plan preconcebido. A los que sumaron una política de división y confrontación apoyados en las consignas tradicionales del nacionalismo popular: oligarquía/pueblo, imperialismo/nación.
Fue por este golpe de timón que hicieron priorizar sus ambiciones personales en desmedro del país, que comenzó un proceso de decadencia cuya crisis estructural sólo dependía de la suerte para hacerla demorar el mayor tiempo posible.
El viento de cola se volvió de frente. Tenemos déficit comercial y fiscal. La situación del empleo no deja de ser grave porque dependía de lo que quedaba en la caja y de una moneda con riesgo de convertirse en papel pintado para financiar el crédito y contener el precio del dólar. Hay nubarrones. Pasó un buitre. No ha sido un buen comienzo de semana.

Miércoles gris

El gobierno entrante tiene dificultades porque carece de experiencia, de una estructura partidaria nacional, y porque en términos de liderazgo parece opaco.
Trabajar en equipo y tener una conducción firme no son contradictorios. Lo que sí resulta un problema es querer  gobernar a la Argentina sin poner el cuerpo. Quien ocupe nuestro sillón presidencial debe estar un poco loco, si no lo está, lo volverán loco, lo que no es lo mismo.
No hace falta ver una serie televisiva para saber que un primer mandatario llama a las cuatro de la mañana por teléfono a su jefe de gabinete o a un ministro y si no lo insulta, lo cubre de amonestaciones porque tuvo una mala noche y soñó que la medida adoptada fue un grave error que podía haberse sido subsanado. Se desvive por el poder. No está administrando un country, sino un país dividido, con intereses sectarios sórdidos, y una oposición con pocos escrúpulos.
No hablo de tiranía ni de usar los medios públicos cada semana para atacar a una porción del país y lograr el vitoreo del resto. Sino de una energía que no se sustituye con “juntos podemos”.
Un presidente argentino no pierde detalles de su gestión, controla hasta al ascensorista y tiene picos de presión.
Para eso debe tener una contextura físico-mental dura y resistente, y no un arte de vivir, sino voluntad de poder.

Viernes blanco

Creo que la política relacionada con lo medios públicos es lo mejor de este nuevo ciclo. ¿Por qué? Porque es nueva. Hernán Lombardi parece tener una mente sana, lo que después de años de crispación, grietas, psicopatías, buchonerías y bajadas de línea, al pudrirle el carácter de los argentinos, es un buen antídoto para una población que se volvió maníaca.
Toda la exhibición militante fue una muestra de la tendencia suicidaria de nuestra sociedad, que al decir de Lenín: da un paso adelante y dos atrás, con lo que la tortuga nunca le gana a Aquiles.
El hecho de que en un mismo medio coexistan voces de ideologías diversas, que  protagonistas de la política hayan dejado de ningunear a periodistas y micrófonos y ahora circulen por todos los medios con buena disposición para explicarse y explicar a la sociedad por qué opinan lo que opinan, estas novedades parecen restablecer la vieja idea de que la información no es sólo una enumeración de titulares y copetes, y que la labor de un periodista no es la de un comunicador orgánico al servicio de un sector político.
Informar es una tarea rica y compleja que tiene que ver con las fuentes, con la capacidad para entrevistar a cualquiera, con la obtención de datos que corren el velo de evidencias acendradas, el uso del lenguaje y la formación cultural, con abrir el espacio a la discusión, con dejar el dedito admonitorio a los fiscales y el manual de buena conducta a los pastores,  y con estimular las contradicciones.
Si no hay contra-dicción, sólo sedimentan verdades prejuzgadas y opciones selladas. Por bajar siempre la misma línea y subrayarla cada día, no habrá nada nuevo, todo se remitirá a un pasado consagrado y a la repetición de lo ya sabido y creído. De ese modo no seremos más que ciudadanos conformistas, achanchados, siempre victimizados, aún a los gritos y con cara de malos.

© Perfil

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