domingo, 11 de octubre de 2015

Rayos y centellas en el oficialismo y en la oposición

Por Jorge Fernández Díaz
No hay que indignarse con el ausente: tiene más enemigos adentro que afuera, y su votante está más confundido que una pulga en un perro de peluche. Su patrona debe soñar por las noches que en marzo los "pibes para la liberación" viajarán al sur para recriminarle, a voz en cuello: "Qué pasa, qué pasa. Qué pasa, Presidenta, que está lleno de entreguistas el gobierno peronista".

Es que el ausente leyó los números reales que podría heredar y quiso curarse en salud: envió a su futuro canciller a emitir gestos de reconciliación con los Estados Unidos y de negociación con los fondos buitre, y a su referente económico a dar señales de acercamiento con el FMI y con la idea de regresar al financiamiento internacional. Es crédito o ajuste, parece susurrar el ausente, aunque en privado sus muchachos saben que para salir de la intoxicación habrá que beber un poco de las dos medicinas. Miren a Dilma, compañeros. El canciller fue cruzado por el jefe de Gabinete: "Urtubey expresa más o menos lo mismo que Macri". Y el economista fue refutado por el propio ausente, que tragó saliva al leer esas declaraciones públicas y adivinó el disgusto presidencial; luego Kicillof hizo lo propio a raíz de una definición sobre la deuda que formuló Mario Blejer. "No me gustó esa terminología", dijo el "Nene" con doctoral petulancia. Los dos gurúes del ausente tuvieron protagonismo en los noventa y en el momento crucial de la Alianza: uno como asesor del Fondo, y el otro como instrumentador del impuestazo. Ya no se sabe qué sucedería bajo una nueva administración justicialista; el ausente tiene menos diferencias con su amigo Mauricio que con su tiránica mentora, y el inédito zigzag de promesas y desmentidos provocado por esta coalición caótica es el mayor escándalo de la campaña comicial, reduce las chances a doble comando o guerra interna, hace temer por la gobernabilidad y llena de desconcierto a propios y extraños. No se puede marchar al Este y al Oeste al mismo tiempo: un día el ausente es el nuevo adalid de la Patria Socialista y, al día siguiente, es un conservador con rasgos mussolinianos, como dice la cientista política Hebe de Bonafini.

La ausencia del ausente en el debate dominical fue negativa para el oficialismo, que no pudo defenderse de la lluvia de tomatazos y que resultó por lo tanto el gran derrotado de la noche, pero la cita fue positiva para la democracia, que estrenó madurez ante millones de personas. Que el kirchnerismo haya faltado a semejante hito institucional confirma el aliento autoritario que late bajo su piel. A la vez, que se haya borrado permitió concentrar la atención en los opositores, semblantearlos y sopesar sus ofertas, con el fin de elegir a quien puede dar la mejor batalla contra la hegemonía del partido único y excluyente. Ninguno de ellos pasó vergüenza. Fue visible que Macri luchaba contra dos defectos: su aspecto glacial, que hace juego con el color de sus ojos, y la imposibilidad de lanzar propuestas espectaculares. En televisión cada uno es lo que es y anda siempre con lo puesto, y fue evidente que le pesaba la gestión concreta, ocho años negociando y desarrollando políticas específicas en todas las áreas de la Ciudad. Los demás, sin una gestión a cuestas, eran más libres para prometer el paraíso. Su peor pifiada fue chicanear a los hinchas de River (la otra mitad del país), con quienes trató de congraciarse más tarde compartiendo fotos junto a Javier Mascherano. Sorprendió, sin embargo, que la posición macrista quedara ubicada algunas veces a la izquierda de Sergio Massa, que promete bajar la imputabilidad a los 14 años, meter las Fuerzas Armadas en las villas, levantar 240 cárceles, repartir perpetuas para todos y todas, apretar a los docentes con el presentismo y regular la protesta social. Macri parecía un apichonado socialdemócrata al lado de este candidato duro y locuaz que rasgaba el aire. La mención explícita a Lavagna y a De la Sota jerarquiza al Frente Renovador, y Massa se valió de esas figuras emblemáticas como un rengo de dos muletas. Con sus ideas derechistas puede mellar el electorado más rancio del macrismo, pero es probable que no logre, mientras tanto, sino espantar a las almas bellas del Frente Progresista.

Margarita Stolbizer fue punzante y didáctica. Mujer imprescindible e insobornable, transmitía sin embargo la sensación de que su voto era meramente testimonial. Su publicidad reafirma el polémico concepto de que se gana perdiendo, como si no estuviera en juego la continuidad de ese mismo sistema corrupto y asfixiante que la candidata denuncia valientemente cada día, y como si sus votantes pudieran irse a dormir tranquilos el 25 de octubre luego de enterarse de que Aníbal Fernández es el nuevo gobernador de la provincia de Buenos Aires. Nicolás del Caño se presenta con idéntico propósito que Margarita, pero al menos el trotskismo tiene ya asimilado su eterno rasgo minoritario, una pequeña obra en permanente construcción que durante estos años tuvo una impresionante penetración en el mundo sindical y estudiantil. Del Caño es hábil, pero igualmente se lo extraña a Jorge Altamira, un político ducho y un erudito capaz de poner en dificultades a los economistas más encumbrados.

Adolfo Rodríguez Saá, ex gobernador y ex presidente de la Nación, fue por paradoja el candidato con menos preparación para el debate, y pasó algunos apuros. Massa y Macri lo cortejaron porque necesitan apoderarse de sus seguidores. Entre el tigre del norte y el señor de los amarillos hay muchas coincidencias programáticas. Los separa, sin embargo, el peronismo. Que para Macri es una pata y para Massa, un destino. El jefe de la Ciudad ha intentado construir junto con radicales e independientes una fuerza no peronista, que no obstante se nutra de dirigentes del partido del General pero que represente a millones de argentinos en discrepancia. Massa, en cambio, encarna al peronismo disidente, por lo que Rodríguez Saá está más cerca de su corazón. Hay votantes que dudan entre uno y otro proyecto opositor, como si fueran aproximadamente lo mismo. Pero para bien o para mal, no lo son. Quienes pretenden votar una fuerza que juegue a la alternancia con los kirchneristas no pueden optar tan fácilmente por los "renovadores". Hay quienes están seguros de que el massismo podría efectuar una mejor performance y hasta derrotar al oficialismo en un ballottage. Pero con independencia de esa conjetura, lo cierto es que si el Frente Renovador llegara a la segunda vuelta los argentinos estaríamos nuevamente obligados a votar en una interna abierta del peronismo, lo que constituye una verdadera tragedia para la democracia. Y extremando esa hipótesis, si Massa triunfara al final sobre el justicialismo, atraería de inmediato a la inmensa mayoría de los dirigentes y militantes oficiales, siempre presurosos por correr solidariamente en auxilio del ganador. El Frente Renovador reemplazaría entonces al Frente para la Victoria y se transformaría así en el nuevo ropaje de la corporación justicialista, con el único atenuante de que revistan entre sus huestes talentosos peronistas republicanos que se encuentran en las antípodas de Cristina y de su ambiguo heredero, el ausente que lidera todas las encuestas y todas las incertidumbres. Ya lo decía Dickens: "Acostumbramos a cometer nuestras peores debilidades y flaquezas a causa de la gente que más despreciamos".

© La Nación

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