lunes, 6 de abril de 2015

ENTREVISTAS / FERNANDO SAVATER

"A los jóvenes les debo la verdad"

Para el pensador Fernando Savater "el mundo está lleno
de genios; hacen falta maestros..."
Por Gabriel Arnaiz

No hay prácticamente ninguna cuestión pública importante sobre la que Fernando Savater no haya intervenido durante estos últimos 30 años (desde los nacionalismos periféricos hasta la defensa del castellano, pasando por el terrorismo de ETA o las corridas de toros) ni ningún género que no haya practicado (el ensayo, el artículo periodístico, la novela, el cuento…). 

Autor prolífico donde los haya, ha recibido numerosos premios por su obra ensayística (entre otros, el Nacional de Ensayo) y de ficción (como el Planeta), y también por su defensa de los derechos humanos, como el Premio Sajarov, por su vinculación con el movimiento cívico ¡Basta ya! –recordemos que ha tenido que salir de casa acompañado por dos escoltas durante casi 15 años por su frontal rechazo de la violencia terrorista–. Ha luchado siempre contra todo tipo de sectarismo, por eso sus posiciones han sido muchas veces mal recibidas por tirios y troyanos, lo que le han granjeado enemistades en ambos bandos, pero justo por eso desde hace tiempo hizo suyo el lema de Bernanos: “Nunca nos cansaremos de escandalizar a los imbéciles”. Y es que, como él muy bien dice, “despertar cierta animadversión de cierta gente es obtener el único galardón sincero a que puede aspirar uno cuando se manifiesta públicamente en determinadas ocasiones”. Desde posiciones cercanas al anarquismo (en sus inicios estuvo influido por García Calvo) ha ido evolucionando –algunos pensarán que más bien ha degenerado– hacia posturas cada vez más socialdemócratas, hasta el punto de que ha llegado a escribir que ha sido “un izquierdista sin crueldad que aspira ahora a convertirse en un conservador sin vileza”. Como su último libro está basado en varias conversaciones que mantuvo con grupos de estudiantes de bachillerato, decidimos que podría ser una buena idea convertir la entrevista en una actividad pedagógica y realizarla durante la hora de una clase de filosofía, la mía.

 -Fernando Savater es filósofo, profesor, lector, ensayista, novelista, aficionado a los caballos… ¿Cuál de estas categorías crees que te define mejor?
-No renuncio a ninguna, pero si tengo que jerarquizarlas diría que, ante todo, soy lector. La lectura ha sido el placer y la pasión de mi vida, y a partir de ahí todo lo que he hecho ha sido un poco por fidelidad a lo que me causa placer, es decir, a la lectura. Cuando yo fui a la universidad me hubiera gustado cursar la carrera de literatura, para la que me sentía más preparado (aún hoy leo mucha más literatura que filosofía), pero en aquel momento no existían carreras como literatura comparada, solo había filología, que se basaba mucho en aspectos gramaticales y cosas por el estilo, que a mí no me atraían demasiado, y entonces elegí filosofía como segunda opción, ¡y no me arrepiento en absoluto! Creo que he encontrado muchas satisfacciones (y alguna utilidad para otros) en mi tarea como profesor de filosofía, pero mi vocación fundamental es esa de lector. También las carreras de caballos, pero eso no entra en mi currículum profesional.

-Hablando de caballos, en tu última novela, Los invitados de la princesa, uno de los personaje confiesa que “los gradas, las cuadras y demás, todo ello evoca para mí las únicas experiencias que me atrevo a calificar de felices en mi vida”. ¿A ti te sucede lo mismo?
-Si tengo que elegir un lugar donde he sido más feliz son los hipódromos. El hipódromo es, en el imaginario de mi juventud y de mi infancia (y, por supuesto, también de la madurez), el paraíso y el lugar de la amistad. El paraíso tiene para mí forma de hipódromo, supongo que para otros tendrá otra forma diferente. No es ni mucho menos un trabajo ni una ocupación teórica, sino una pasión casi física. Y luego está la narración: me ha gustado mucho leer narraciones y me hubiera gustado acertar a contarlas bien (creo que lo he conseguido en alguna). Me gustan las narraciones que les gustan a los jóvenes o, por lo menos, las que les gustaban a los jóvenes cuando yo lo era (aventuras, fantasía, intriga, acción, etc.), y eso es lo que he procurado escribir.

-En Misterio, emoción y riesgo escribes que “la literatura popular ha constituido la alegría de mi vida y mi más duradera pasión” y que “la historia más hermosa que jamás me han contado es La isla del tesoro”. ¿Cómo concilias estas aficiones con tu profesión de catedrático de filosofía?
-No sé si hay un paradigma obligatorio del profesor de filosofía. Conozco algunos de ellos que solo leen trabajos académicos de sus colegas en revistas especializadas, normalmente para criticarlos. Yo no he sido así, nunca he tenido una vida académica en ese sentido; me parece una aberración. Y, sin embargo, creo que no he sido un mal profesor. No he renunciado a ninguno de mis placeres, he trabajado para vivir como a mí me gustaba.

-Antes de hacer la entrevista me decías que no te gustaba definirte como filósofo, pues era un término muy grandilocuente, y que preferías considerarte un profesor de filosofía....
-A mí lo de filósofo me parece estupendo, pero yo no me considero un filósofo. Un filósofo es la persona que tiene la capacidad de crear conceptos y una visión totalmente personal y distinta del mundo, de la vida y de nuestra relación con él. Ya sabemos quiénes son los grandes: Kant, Spinoza. Yo soy profesor, nada más. Un profesor de filosofía con cierta capacidad de acercar lo que decían los grandes filósofos a la gente que quería aprender de ellos y también de dar una modulación personal a esa enseñanza, pero no he pretendido jamás compararme ni ponerme al nivel (ni siquiera por debajo pero dentro del mismo rango) de los filósofos. Yo soy profesor, y además, no lo digo con una especie de modestia tonta, sino que a mí me parece que el mundo está lleno de genios y hacen faltan maestros. Yo he querido ser maestro, nada más.

-En el último libro que has publicado, Ética de urgencia, dices que “el educador tiene que ir a contracorriente y ser antipático porque su trabajo consiste en frustrar”. ¿Qué quieres decir?
-El educador no es un animador cultural, no es una especie de presentador de televisión que tenga que sonreír permanentemente. El educador tiene que ofrecer una resistencia al educando, pues todos crecemos apoyándonos en lo que nos ofrece resistencia, como la hiedra. Hace falta algo que ofrezca resistencia para que uno crezca hacia arriba y no se desperdigue hacia abajo o hacia los lados, y los educadores somos quienes ofrecemos resistencia. Pero la resistencia no siempre es vista como algo grato, sino como algo frustrante. El joven tiene (o cree tener) ante sí una infinitud de posibilidades y el educador frustra muchas de ellas para privilegiar otras que considera más importantes o necesarias. Y ese trabajo no siempre es recibido con simpatía. Uno puede procurar ser lo más grato posible al educando, pero sabiendo que la tarea misma lógicamente te enfrentará con él antes o después. La cosa que más me repugna es esos viejos que se pasan la vida halagando a los jóvenes, diciéndoles que son estupendos, que saben más que nadie, que todo lo que hacen es la salvación del mundo... A mí eso me parece la labor antieducadora por excelencia. El verdadero corruptor de menores es ese que elogia a los jóvenes para caerles simpático.
De Ética de urgencia lo que me parece más valioso es mostrar lo que yo he entendido como la tarea del educador. Yo contesto (o procuro contestar) a preguntas y objeciones de los chicos y las chicas, y la mayoría de las veces les llevo la contraria, pero sin agresividad (algo que me parecería inapropiado en un educador). Además, les doy argumentos para que les pueda seducir la opinión opuesta a la que mantenían. Creo que el educador lo que debe hacer (y eso es lo que yo entiendo por “presentar resistencia”) es no seguir la corriente, sino ofrecer algo diferente al que está educándose y abrirle un camino que no había visto y que a lo mejor le resulta más interesante que el que había tomado al principio. El ejemplo es también combatir la opinión establecida, esas cosas que constantemente se dicen en los medios de comunicación (como que “los políticos son malos”), oponerme a eso, mostrar la otra cara, de tal manera que a la mayoría de los jóvenes que me escuchaban (no digo que a todos les pareciera bien lo que yo decía) les pudiera parecer aceptable pensar otra cosa. Y esa “otra cosa” que debe aportar el educador es lo que he intentado aportar en ese libro.

-En esa línea de atreverse a decir “otra cosa”, en este último libro hay algunas opiniones que me han llamado mucho la atención. Parece como si Savater se hubiese “derechizado”.
-Esa preocupación religiosa de salvar el alma, de que el alma tiene que salvarse solo desde la izquierda y no desde la derecha, de que la derecha es el pecado y la izquierda es la salvación, sinceramente no me preocupa. Sobre todo hoy, cuando uno ha vivido lo suficiente como para conocer personas decentes de izquierdas y de derechas y canallas de izquierdas y de derechas. No es una preocupación que me inquiete. Creo que en este momento solo hay un tipo de persona verdaderamente reaccionaria: el que conoce la verdad y dice otra cosa, el que dice otra cosa por miramiento humano, por no querer defraudar al que le escucha o por interés propio. Es verdad que a veces puede que lo que uno crea que es verdad no lo sea (uno puede equivocarse), pero la obligación de quien no es reaccionario es decir siempre lo que considera verdad, a pesar de que eso le haga a veces impopular, a pesar de que eso le haga granjearse enemigos, a pesar incluso de que haya personas que lo consideren cruel, brutal, desesperanzador o todo lo contrario. Sobre todo en el terreno de la educación. Yo, como educador, a los jóvenes solo les debo la verdad. Siempre he intentado decir la verdad. Por supuesto que me habré equivocado, pero todo lo que yo les he dicho es lo que en cada momento consideraba verdad. Quizá en algunas ocasiones (y lo reconozco) no he dicho toda la verdad, pero lo que he dicho siempre es lo que consideraba verdad. Nunca he dicho nada que no considerara verdad por granjearme la simpatía de quien me escuchaba.

-Otra de las frases más chocantes que he leído en Ética de urgencia es: “No se me ocurre otro modelo que el capitalista”.
-En el mundo conozco capitalismos de Estado, liberales, capitalismos paternalistas, mediatizados por garantías sociales, pero no conozco otro régimen alternativo. Comprendo que haya gente que ha soñado con trueques, la abolición del dinero, el intercambio de favores…, pero yo no conozco otro sistema. Me parece que es engañar a la gente decir: “El capitalismo es malo, pero hay otra cosa que se me ha ocurrido a mí y a un amigo y es muy buena”. No creo que exista.

-¿Y qué opinas de filósofos como Žižek, Badiou o Vattimo al afirmar que, tras la crisis económica, es el momento del comunismo?
-El único comunismo que yo he conocido es el que ha conocido todo el mundo: el comunismo como capitalismo del estado, que es el único que ha habido; no conozco otro. El que ha habido en Rusia, en China, el que hay en Cuba o Venezuela (que no sé si llega siquiera a capitalismo de Estado). ¡No hay otro! A lo mejor a Badiou se le ha ocurrido alguno. Me gustaría conocer sus cláusulas y saber si es algo que es compatible con el mundo real. A mí se me pueden ocurrir millones de sistemas de todo tipo (desde eróticos hasta económicos) inventados en el sueño de mi gabinete que no tengan nada que ver con la realidad. Pero no sé hasta qué punto eso puede servir a alguien.

-¿Y si el capitalismo que se nos avecina es el que viene de China?
-El capitalismo es una cosa tan amplia que cabe en él un montón de cosas. Cabe tanto el sistema de producción a la oriental que ha existido en Rusia y en otros lugares como también los capitalismos protectores que han existido en Europa del norte. Hay muchas formas de capitalismo. El elogio del capitalismo o su denostación son dos cosas igualmente estériles, porque hay tal cantidad de variedades dentro de ellos que no sé hasta qué punto es muy significativo decir “No me gusta el capitalismo” o “Me gusta el capitalismo”. “Sí, pero ¿cuál de ellos?”. Esa es la pregunta adecuada.

-Algunas de las cuestiones más polémicas de este último libro –que pueden sorprender a los jóvenes– son las referentes a la piratería en internet.
-Cuando tuve esa discusión veía cierta alarma en los profesores que me rodeaban porque estaba, como dicen los ingleses, “pisando donde los ángeles no se atreven a entrar”. Pero curiosamente me reconfirmó en mi postura el que, al final de uno de esos debates (y eso no figura en el libro), salí y una chica se me acercó arrebatada y me dijo: “¡Tienes razón! ¡Hay que luchar contra la piratería! ¡Es una vergüenza que se robe el trabajo de los demás! ¡Eso no puede permitirse!”. Yo compartía su exaltación, pero le dije un poco asombrado: “Parece que estamos tú y yo solos contra el mundo”. Y ella me contestó: “Es que quiero ser escritora”. Entonces me pareció que esta era la que había entendido el asunto.

-¿Qué piensas de las manifestaciones del 25-S? Tus declaraciones sobre el 15-M fueron muy polémicas, cuando les llamaste “hatajo de mastuerzos”.
-Lo que yo dije es que la gente que atacó a los parlamentarios en Cataluña era un hatajo de mastuerzos y creo que me quedo corto. Pero no la gente que se reunía pacíficamente a hablar de cosas importantes en la Puerta del Sol…

-Entonces, ¿te referías únicamente a los que utilizaron la violencia?
-El grupo de gente que se puso a atacar a los parlamentarios o el grupo de gente que dice “vamos a cercar el Parlamento cuando esté de sesiones, a esperar a ver si cae el Parlamento, si cae el Gobierno, si se inventa una Constitución nueva” y nosotros estamos aquí como el cerco de los Sioux en el fuerte, eso me parece una tarea de mastuerzos. Pero no la discusión, no el que las personas protesten porque creen que sus derechos se han conculcado. Son dos cosas diferentes. Por ejemplo, los del 15-M se separaron del lema de las manifestaciones del 25-S. El lema era un disparate. Incluso los grupos que quedaron del 15-M en un principio se deslindaron de ese planteamiento (que era una barbaridad). Y no digamos el hecho de que un grupo de señores ataque a los políticos que han sido elegidos por personas que tienen el perfecto derecho de votar y elegir a quienes quieran. Ese ataque a los políticos es un ataque a los ciudadanos que les han elegido. Y eso hay que decirlo. Esos señores no solamente es que fueran unos mastuerzos, además eran profundamente antidemocráticos en el sentido de que estaban atacando el derecho de elegir representantes de los ciudadanos.

-Ellos dicen que esta democracia no nos representa, pues es algo meramente formal, y por eso debemos luchar por implantar una democracia real, más participativa.
-La democracia es lo que hay. La democracia evoluciona históricamente, cambia, se puede mejorar. No hay una democracia ideal que esté guardada en una urna. Cuando uno dice que esto es un metro auténtico es porque en el Museo de Pesas y Medidas de París se conserva el metro patrón de todos los metros, que es un metro de platino e iridio que está allí, inconsútil, y entonces con ese metro se miden todos los metros que hay en el mundo. Pero no hay una democracia en un Museo de Pesas y Medidas, una democracia hecha de platino e iridio a partir de la cual se puedan medir todas las democracias de todos los demás lugares. Eso no existe. Lo que existen son democracias históricas y concretas, que han sido criticadas desde Grecia hasta ahora, normalmente por los enemigos de la democracia (que querían empeorarla). El Anónimo ateniense, por ejemplo, que es uno de los textos más célebres de la época de la democracia clásica griega, ataca la democracia y dice que en el fondo es una manipulación, que se paga a los pobres para que digan lo que quiere un grupo de personas y todas esas cosas que luego hemos oído de otras maneras. La democracia es la democracia histórica, la democracia real, que ha evolucionado pero que no tiene un patrón inconsútil con el que medirla.
Estoy convencido de que hay infinitas cosas que mejorar en la democracia actual que tenemos en España y, de hecho, algunos nos molestamos en llevar nuestra indignación hasta formar un nuevo partido (cuando se decía que no existía esa posibilidad), introducir planteamientos distintos, reclamar mucho antes que otros listas abiertas, etcétera. Todo eso me parece perfecto. Lo que no se me ha ocurrido nunca es coger un garrote, ir a la puerta del Parlamento y, cuando salga un parlamentario, pegarle porque yo considero que soy bueno y el parlamentario malo. Eso es de mastuerzos.

Suena el timbre que anuncia el fin de la clase y le agradezco que se haya prestado al experimento. Los alumnos aún no se lo acaban de creer (y yo tampoco). ¡Incluso ha contestado a algunas de sus preguntas! Ellos conocen mi devoción por este filósofo, que tanto me influyó en mis años mozos y cuyo último libro me ha hecho ser más consciente de cómo me he alejado del “maestro” en algunas cuestiones. ¿No es lo que él defiende? Como él ha escrito en Diccionario filosófico, el mejor método para aprender filosofía es “buscarse a un filósofo auténtico y observarle con la atención más próxima hasta que se nos despierte el hábito razonante, y luego sacudírselo de encima con la mayor energía posible”.

© Filosofía Hoy

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