Por Gabriela Pousa |
“Diciembre: la crisis que algunos calificaban terminal estaba
representada por datos aterradores. Millones de argentinos arrojados a la
marginalidad, una creciente pauperización de la clase media amenazada por su
extinción como tal, el aparato productivo parado, las exportaciones en baja, el
consumo interno asfixiado por la recesión, la salud pública colapsada y los
hospitales desabastecidos con alarmantes niveles de inseguridad. Las cifras
sacudían con nuevos índices de desocupación y estaba devastada la costumbre y
la moral (…)” *
No. No se trata de una exégesis del escenario actual. Ese párrafo es sólo un plagio, una crónica ya escrita de nuestra historia aunque nadie pueda advertir con certeza a qué fecha hace referencia.
Esa es la razón por la cual todo este escenario de ignominias e
incoherencias no termina de despertar genuino asombro. Lo que parece novedad es
un “revival” que si acaso no lo hemos vivido nosotros como actores primarios,
lo hemos escuchado de boca de padres, abuelos o hermanos. Todo pasó a ser una
suerte de “deja vù” agravado por el tiempo, el hastío y el no creernos capaces
de forjar un destino colectivo. ¿Por qué asombrarnos si esto ya lo vivimos?
El verdadero éxito del populismo, que posiblemente en los últimos años
haya alcanzado su nivel más disparatado, ha sido el convencernos de lo
inútil que somos como pueblo. La panacea universal nos puede ser dada por
alguna “divinidad” – como ser el Estado presentado como una maquinaria
benefactora de la humanidad, – pero jamás podrá emanar del esfuerzo
sostenido de la sociedad.
Acatamos tal sentencia, y hasta fuimos voluntariamente conducidos a ese
juicio donde se nos condenó sin que supiéramos cual había sido el
delito. Franz Kafka pudo inventar personajes maniqueos en Praga, pero
no logró nunca superar a los protagonistas locales más metamorfoseados que el
mismísimo Gregorio Samsa en su rol de cucaracha.
Los argentinos fuimos reales, hoy somos más ficticios que la oratoria
del kirchnerismo. Nos regodeamos porque dejamos de creer en el relato, pero no
queremos darnos cuenta que también dejamos de creer en nuestras capacidades
para rehacer un escenario distinto.
Vivimos entre ruinas como guías turísticos que las muestran hincados de
orgullo a foráneos, cuyos ojos desorbitados no comprenden qué pasó con el “granero
del mundo“. Para ellos, Rosario ya no es “la Chicago argentina”, es
el paraíso de los narcos. Mar del Plata pasó de ser la “ciudad feliz” a ser un
paisaje costero azotado por crímenes y violencia sin límite. El interior del
país hace tiempo dejó de serlo. Es decir, se ha vuelta una geografía que puede
ser denominada Argentina pero que vive realidades sustancialmente distintas.
Y nosotros chochos vamos contándoles cómo fue que cambió todo. Varían
las fechas y probablemente los hacedores de los sucesos que nos convirtieron en
esto: “En 1955….”, discursea la anfitriona del contingente
que llega de Oriente. “Hace once años, un matrimonio sureño….“,
explica otro, al grupo de asiáticos que no para de sacarnos fotos como si
fuéramos lo que somos: bichos raros.
Cada cual tiene su libreto y quizás, algún acontecimiento repentino, le
hace modificar alguna coma del guión, pero no más que eso. No podemos ponernos
de acuerdo ni el cuándo, ni el cómo ni en el por qué, el país próspero que pudo
ser, no fue. Y si acaso hay algún consenso seguro se deja de lado a un actor
que, guste o no, bastante tuvo que ver en la trama sin final ni desenlace de
esta tragedia, confundida a veces con una comedia de enredos: el
pueblo.
Ese pueblo que vistió de gorila pero no vio al peronismo en la década
del 90, ni lo ve ahora en Balcarce 50, y mucho menos en la provincia. Ese
pueblo que pidió a todos que se vayan, y al tiempo, sin que nada cambiara, de
nuevo los votó y festejó “la fiesta de la democracia”. Craso error: la
democracia es mucho más que una fiesta que se realiza cada tanto para ir a
votar al menos malo…
Pero ese pueblo que señala con el dedo a la “oligarquía vacuna” comiendo
un asado en la obra de la esquina, o aquel que desdeña las sotanas hasta que
quién la usa aparece en el balcón del Vaticano y reside en Santa Marta; ese
pueblo, en la narrativa pintoresca que se le cuenta a los ajenos, no tuvo nunca
nada que ver. Ni por obra ni por omisión. Somos negadores compulsivos
de los actos cometidos y omitidos, casi casi como el kirchnerismo. Rara
historia de una catástrofe sin culpas ni culpables…
Del mismo modo, se absuelven a sí mismos quienes han peregrinado por los
despachos del poder. No se asumen dirigentes, son pueblo, como Evita lo fue, o
como alguna vez Cristina Fernández de Kirchner lo quiso ser, rechazando el rol
de Primera Dama para ser apenas “primera ciudadana”. En esa
circunstancia, claro que da lo mismo que en la lista de evasores aparezca
Fulano, Mengano o su nombre.
El problema argentino quizás no sea ningún “ismo” de los que
suelen utilizarse para explicar lo inexplicable que, en definitiva, es aquello
que vivimos. Pero qué grave sería si damos crédito a ello, y asumimos de una vez,
que el problema no fue el 55′ ni el 90′ ni el 2003 sino que es este
2014 y, consecuentemente, somos nosotros mismos…
* Ah, para que no se confundan: el párrafo primero ha sido
extraído de una crónica del 20 de diciembre del 2001 Cualquier parecido con la
actualidad es…
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