lunes, 7 de junio de 2021

“¿Y qué hay de mi puta vacuna?”

 Por Javier Marías

Si algo ha puesto de manifiesto la clase de sociedades consentidas, pusilánimes y malcriadas que hemos construido en las últimas décadas, ha sido la reacción mayoritaria a las vacunas contra el coronavirus. Por supuesto hablo de Occidente, aunque me temo que el resto del mundo aprende pronto de nuestro señoritismo y nuestras exigencias y los imita. Se ha señalado numerosas veces que los ciudadanos actuales se ven a sí mismos plenos de derechos y exentos de obligaciones, hasta el punto de que, si alguien llama a otro la atención por una falta, un abuso o una invasión de la libertad ajena, se juega literalmente la vida.

 Aún recuerdo la mala suerte de un hombre de La Coruña (he leído en este diario que los que escribimos así este topónimo somos “de derechas” y votamos a Vox probablemente; hay que ser imbécil: no, sencillamente escribimos en castellano, lengua en la que tampoco decimos Firenze ni London) que le afeó a un joven que meara en el muelle; el joven portaba pistola, y, sin más, le metió unos tiros al cívico coruñés, que no vivió para contarlo. Así, hay que tragar con que cada cual haga lo que se le antoje y no recordarle a nadie sus deberes, porque ese vocablo, “deberes”, las más de las veces ni siquiera se comprende.

Lo cierto es que la gran mayoría, ante la milagrosa aparición de cuatro vacunas distintas —cuatro se inyectan en España—, ha reaccionado exigiendo su dosis, poniendo verdes a las farmacéuticas por sus fallos en la distribución, insultando a las comunidades autónomas por la lentitud y los retrasos, quejándose a los sufridísimos sanitarios que echan horas y horas en inmunizar a la gente, echando pestes de los hospitales o de los llamados “vacunódromos”, sublevándose porque aún no ha recibido su aviso… Lo que es bien raro es oír una sola palabra de agradecimiento a quienes han inventado, en el plazo de un año, vacunas innovadoras que suelen tardar diez en conseguirse. No he leído el nombre de uno solo de los científicos e investigadores que han logrado la hazaña. Muy pocos elogios al esfuerzo mancomunado —mundial— que está a punto de salvarnos de una plaga espantosa sin tantísimos muertos como los que provocó la “gripe española” de hace un siglo (el número oscila entre 50 y 100 millones de víctimas). A las farmacéuticas que han fabricado los viales solo les han llovido reproches. No digo que algunos no fueran merecidos, si han incumplido sus contratos o incluso han engañado a Estados. Pero, si no las hubieran elaborado ellas, y congelado, y envasado, y transportado, estaríamos en una situación infinitamente más grave. A la Unión Europea y a los Gobiernos les han caído agrias críticas desde todos los lados, sin que casi nadie se parase a pensar que la vacunación —la vida a resguardo— nos salía gratis merced a ellos y a la Sanidad pública, que debería ser fomentada y reforzada por todos los partidos. En suma, apenas he visto ni leído ni oído que nadie diera las gracias, que nadie admirara y celebrara la proeza. Se derriban estatuas por doquier con los pretextos más ignorantes o idiotas, pero nadie pide que se les erijan de inmediato a los responsables de Pfizer, Moderna, AstraZeneca y Janssen, o al menos una colectiva simbolizando a los diversos equipos de investigadores. Fleming las tiene, y calles, por haber descubierto la penicilina (al menos hasta que algún resentido decida que en algún aspecto de su vida no fue ejemplar o fue “colonialista”). Lo mismo que Pasteur y Marie Curie, aunque ahora haya primitivos que hagan caso omiso de los hallazgos de aquél y beban leche sin pasteurizar de vacas y cabras y así contraigan infecciones. Hace años, en un viaje a Edimburgo, visité con mi futura mujer la casa de Sir James Simpson, del que no sabíamos nada. Una vez allí, nos enteramos de que había sido pionero de la anestesia, con éter primero, y luego, tras experimentar en sí mismo y en sus ayudantes, con cloroformo. Desde 1847 fue el paladín de su uso en los partos con cesárea (era ginecólogo), encontrándose con fuerte oposición médica y religiosa. Hasta que la Reina Victoria requirió sus servicios para dar a luz al Príncipe Leopoldo II en 1853, y eso condujo a la aceptación general de su descubrimiento. Mi mujer, madre de dos criaturas, se sintió llena de gratitud hacia el desconocido Doctor Simpson, y se extrañó sobremanera de que no fuera célebre universalmente y de que las madres del mundo no hubieran sufragado estatuas en su honor en todas partes.

Pese a los monumentales esfuerzos de mi compañero de la RAE Sánchez Ron, en nuestro país se sabe poco de los científicos benefactores de la humanidad, y, lo que es peor, a nuestros gobernantes les importan menos, véase qué migajas destinan a los benefactores presentes y futuros en los presupuestos del Estado. Aquí recibimos los descubrimientos e inventos con naturalidad excesiva, como si nos fueran “debidos”, y hacemos uso de ellos sin dedicar ni un pensamiento al estudio, al esfuerzo y al talento de quienes los posibilitaron. Para una vez que asistimos a un prodigio científico y salvador, lo mínimo sería reconocerlo y agradecerlo, en vez de chillar coléricos: “¿Y qué hay de mi puta vacuna?”

© El País Semanal

0 comentarios :

Publicar un comentario